¿Hay alguien a quien verdaderamente le importe que todos los ríos de la Argentina estén contaminados y que los peces que allí se pescan tengan veneno en sus entrañas?
¿Es inexorable que haya cada vez menos bosques, más ríos contaminados, más plaguicidas, más bombas de tiempo ecológicas a punto de estallar?
¿Es inevitable que las empresas contaminen, las cloacas no existan y el Riachuelo sea parte del paisaje?
¿Por qué es posible que durante más de veinte años una estación de servicio inyecte nafta al subsuelo y nadie la clausure?
¿Por qué es posible que el agua subterránea del conurbano tenga uranio radiactivo y nadie se inmute?
¿Por qué una provincia puede poner en venta una reserva natural y otra, hacer un desvío de un río infecto para llevar la contaminación a una zona que antes no la tenía?
¿Por qué todavía hay rastros -entre ellos un pueblo moribundo- por un derrame de petróleo ocurrido hace ocho años y que podía evitarse?
¿Pudo la Argentina hacer algo que no hizo para impedir que el conflicto con Uruguay por las papeleras estallara y se transformara en un callejón sin más salida que una inefable chimenea frente a las playas de Gualeguaychú?
¿Le importa a alguien verdaderamente el medio ambiente o es apenas un discurso que se emplea por su condición de políticamente correcto?
Todas estas incógnitas, increíblemente, tienen respuesta.
Este libro explica, justamente, el origen y el mecanismo de una incongruencia grosera de la realidad argentina: mientras se enuncia que el medio ambiente es política de Estado, todos los indicadores (agua, suelo, aire, bosques) empeoran a cada instante.
"La mejor política ambiental no es la que soluciona los problemas sino que la evita que se produzcan", es una frase que se comprueba a lo largo del trabajo.
El medio ambiente no le importa a nadie expone, con rigor periodístico
y académico, una serie de historias que muestran que el deterioro ecológico no es un designio ni un castigo divino. Por el contrario, es -y deber ser- evitable. |